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El Recuerdo: una sociedad de hermanas

El Recuerdo: una sociedad de hermanas

Marisa y Soledad Cabodevila forman una sociedad cimentada por las bases que construyeron sus padres e impulsada por la fuerza del trabajo bien hecho y la ilusión compartida.

Hacerle frente a las tormentas y a las crisis de todo tipo, y el profundo dolor que a veces ello conlleva, sin dejar de tener una mirada donde se trasluce la esperanza, podría ajustarse al verde que distingue los ojos diáfanos y claros de las hermanas Marisa y Soledad Cabodevila. Ambas hoy al frente El Recuerdo, un tambo que comenzó su padre con cuarenta vacas a 25 km de la localidad de Coronel Granada, en el partido de General Pinto. Oscar había empezado a ordeñar desde joven en el tambo familiar hasta que, hace 45 años, junto con Olga Gabirondo, luego de un tiempo de casados, mudaron las vacas Holando al campo que era de ella. Y emprendieron desde cero su establecimiento propio y allí también su vida familiar. “Mamá cocinaba para todos nosotros y para los empleados. Siempre había alguien que lo ayudaba a mi papá”, comenta Soledad, la menor de las hermanas, analista en computación y profesora de matemáticas. Los recuerdos van apareciendo y a veces se confunden un poco, pero entre ambas van despejando historias y anécdotas. “Creo que en aquel tiempo ellos llevaban la leche en un carrito hasta la tranquera, el camión no entraba”. Pero esa imagen puede ser también de cuando Oscar, de chico, acercaba la leche y luego se iba a jugar al fútbol.
El tambo se asienta en 168 hectáreas casi todas destinadas a su producción, con muy poca superficie de agricultura. “El año pasado con la seca y algunos problemas con las malezas, las vacas se terminaron comiendo la soja. No hemos hecho más de 20 hectáreas porque si no, no nos queda superficie para el resto de las tareas vinculadas al tambo”, aclara Marisa. Si bien ambas toman las decisiones estratégicas en conjunto, es Marisa, Ingeniera agrónoma, quien vive entre Gral. Pinto y el campo y está a cargo de la producción y la gestión diaria. “Nuestro sistema de producción es pastoril con una suplementación estratégica a mediados del otoño con silo de maíz y rollos de alfalfa. Este año estamos con menos reservas que el anterior por la sequía. Hoy tenemos 130 vacas en ordeñe, el promedio del año pasado nos dio 2700 litros por día”. Las vacas también tienen una ración de alimento en cada ordeñe lo que representa casi 5 kilos diarios de balanceado, agrega Soledad. El servicio es anual, exceptuando marzo y abril para no tener partos en época de verano. “El tambero es el que se encarga de inseminar”, aclaran.
Desde el 2011, luego de fallecer su padre, transformaron el tambo en una Sociedad de Hecho. El equipo de trabajo está conformado por Oscar Céspede, parte de El Recuerdo desde hace casi 10 años, y quien se ocupa además de la inseminación, del ordeñe, la guachera, el pastoreo y el silo junto con Esteban Flores, quien recientemente acaba de incorporarse con Roxana y su hijo Lian. A su vez, Patricia Gonzaléz, esposa de Oscar, es quien hace los reemplazos en los días de franco de Esteban, y otra persona reemplaza a Oscar y lo cubre en sus vacaciones. “De esta forma tienen dos francos al mes. Lo organizamos así y está funcionando bárbaro”, dice Marisa. Los hijos de los tamberos van a una escuela que queda en Porvenir, a 10 km del campo. “Es la escuela que íbamos nosotras también”. Sonríe Soledad mientras evoca el recuerdo de una maestra a cargo de varios alumnos de distintas edades. “Hoy es una escuela mucho más grande, con más docentes, está muy buena”. La cultura de trabajo está centrada en el bienestar de las personas y sus familias. Además de la organización de las vacaciones, Marisa y Soledad pusieron mucho empeño en las casas en las que vive el personal. Una fue construida de cero y la otra remodelada para más comodidad. “Ahora hicimos una huerta, y ellos fueron los iniciadores, y mi mamá también, que va juntando semillas por todos lados”, dice Soledad, y agrega “tratamos que sea una comunidad, que todos disfrutemos, que no solo sea trabajo”. Al equipo también se suma Marcelo Muñoz, veterinario y actual pareja de Marisa.
Además de la huerta, e impulsados por la idea de cuidado de la tierra y los animales, empezaron a plantar un monte con distintas variedades de árboles. “El objetivo del monte, que lo empezamos en 2019, es proveer sombra para las vacas”.
La familia Cabodevila nace de la mano del tambo. “Cuando Sole decía hace cuántos años que papi vino con las vacas es una broma hacia a mí, porque cuentan siempre que yo tenía diez días cuando mi papá trasladó sus vacas. Son exactamente 45 años”. Toda la primaria la cursaron entre Porvenir y Coronel Granada, donde vivieron un tiempo en la casa de su abuela. “Nosotros, aclara Soledad, éramos tres hermanos, nosotras dos y un hermano. Tuvimos un accidente de auto donde él falleció, y a partir de ese momento nos fuimos a vivir al pueblo, eso marcó un cambio en toda la familia.”

Ilusión y trabajo para seguir creciendo
Hubo un tiempo también donde los problemas económicos por las crisis y por la imposibilidad de cobrar la leche, llevaron a Oscar a vender los quesos que le daba una fábrica, además de seguir con el tambo. Pero siempre junto a Olga seguían yendo al campo, el objetivo era mantener la empresa en pie. Las chicas fueron creciendo y luego de terminar la escuela secundaria se fueron a estudiar a Junín donde había una sede la Universidad de La Plata y de la UBA. “Había profesores titulares de las cátedras que viajaban cada 15 días. Ahí nos recibimos las dos, y yo después ya no volví”, explica Soledad, radicada en la ciudad de Buenos Aires junto a pareja, Marcelo Arano y a sus hijos Juan y Lucas, de ocho y once años respectivamente. Marisa empezó trabajando con sus papá, al principio ocupándose de la guachara, y con orgullo resalta Soledad, (aunque a Marisa le da algo de pudor) que gracias a ese aprendizaje y dedicación esmerada, hoy es baja la tasa de mortalidad de las terneras. “Volví de estudiar, hice una pasantía en una empresa y después empecé a trabajar con mi papá, haciendo un poco de todo, aprendí a ordeñar y todas las tareas relacionadas con el tambo”.
Siempre en contacto con las novedades y actualizaciones de la Cámara, Marisa viajaba a las reuniones junto con su amiga y productora María Elena Courrèges desde el inicio de CAPROLECOBA. Actualmente integra el grupo Las tranqueras de Cambio Rural. Además, agrega Soledad, “participamos de una reunión del ministerio donde estaban relevando información de los tambos que estaban con alguna orientación agroecológica. Es un término amplio, donde cada decisión se toma pensando en el cuidado”.
Si bien El Recuerdo tiene nombre de pasado y de memorias, Marisa y Soledad tienen sueños y una visión de cómo quieren seguir esta historia. En ese sentido el año pasado encararon una modernización casi total. “Ampliamos el tambo que hizo mi papá”, se enorgullecen. “Teníamos seis bajadas y agregamos cuatro más, acomodamos la estructura que estaba bastante obsoleta, cambiamos la máquina de ordeñe, era algo que teníamos pendiente y lo pudimos hacer en medio de la pandemia, fue maravilloso”, se alegra Marisa, y en medio de toda esa reforma, no se interrumpió nunca el ordeñe. “En la época de mi papá era difícil lograr reponer las vaquillonas. Nosotras vamos teniendo todos los años un excedente que generalmente lo vendemos, y eso fue lo que nos permitió el año pasado hacer esa hermosa reforma que tanto añorábamos. Consideramos que eso es una fortaleza”, concluye Marisa.

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